Artículo de la revista Kien y Ke

¿Dónde está Hollman Morris?

Martes 15 de febrero de 2011, por Daniela Guzmán (Kien y Ke)

Hollman Morris, con la cabeza rapada, uniforme verde, charretera roja, corbata y zapatos negros le abrió la puerta al acuerdo de paz con el grupo guerrillero M-19. Prestaba el servicio militar en el Batallón Guardia Presidencial y tenía veintidós años.

Una noche de abril, el teniente Forero le designó la tarea de abrirle la puerta del Palacio de Nariño que comunica con los sótanos, a Carlos Pizarro y a Antonio Navarro Wolf. Primero entró Pizarro con su sombrero blanco, saludó a las personas que encontró a su paso. Detrás pasó Navarro, quien caminó muy serio y sin pronunciar palabra. Luego los condujo por el segundo corredor para llegar al despacho presidencial. Morris no dimensionó entonces qué pasaba a su alrededor, lo hizo tiempo después cuando comenzó a vivir la realidad del país, al caminarlo y narrarlo como periodista.

Su visión política es el resultado de la mezcolanza entre los hechos históricos que ha presenciado durante su vida y entorno familiar. Creció entre la zona de la avenida Caracas y El Campín, en Bogotá, en un hogar de clase media donde las discusiones sobre la actualidad eran el postre de cada almuerzo. Un edificio de tres pisos resguardó tres generaciones de la guerra de los mil días, los movimientos de los años sesenta y del nacimiento de una nueva constitución. En la primera planta vivió junto con sus papás y tres hermanos menores, en la segunda sus tías abuelas y en la última sus tíos.

Morris ha sido nómada a lo largo de su vida. Desde su juventud ha sido un andariego empecinado por recorrer cada rincón del país. Comenzó sus estudios en Bogotá, pero en un acto de rebeldía vivió en la isla de San Andrés durante un año, donde cursó noveno grado. Sin embargo, la distancia le dejó una enseñanza más importante que el álgebra. Por un carro que recogía la basura casi pierde la vida. Así aprendió que su familia era lo más importante, hecho que recuerda a la par que tararea la canción Amor y control, de Rubén Blades, uno de sus artistas favoritos. No era muy aplicado y no tenía buenas calificaciones. Terminó su bachillerato en la ciudad de Barranquilla. Allí vivió una de las mejores épocas de su vida. Aprendió a bailar salsa, en especial Buenaventura y caney, del Grupo Niche. Hoy, a sus 42 años de edad, reconoce que es la canción que más se ha gozado. También conoció el vallenato, jugó fútbol con bola de trapo en pleno aguacero, ganó partidas de ajedrez debajo de los árboles y se convirtió en un experto a la hora de bajar frutas en caso de un antojo.

Regresó a Bogotá y encontró su esencia en las letras del reportaje Perdidos en el Amazonas, del periodista Germán Castro Caicedo. Se dejó seducir y descubrió que quería vivir consumado en la reportería y visitando cada rincón del país. Ingresó a la Pontificia Universidad Javeriana y trabajó como mesero de un bar llamado La tienda de Siecha, lavó los platos del restaurante La cuchara de palo y dictó sus primeras clases de radio para poder pagarse los primeros semestres. Un año después su formación se vio interrumpida por el servicio militar obligatorio. Al volver a las aulas de clase se encontró con un país diferente, una situación social crítica enmarcada por la persecución a Pablo Escobar, el inicio de algunos hechos terroristas y el auge del narcotráfico. Motivos suficientes para dirigir sus intereses periodísticos con un enfoque de contrapoder. Obtuvo su cartón por ventanilla un día cualquiera del año 2000.

Logró su primer empleo en el Noticiero Criptón gracias al premio de Radio Santa Fe, que ganó en tercer semestre. De ahí pasó al programa de radio Contacto, la competencia de Julio Sánchez Cristo de la época. Ahí trabajó con Félix de Bedout, Néstor Morales, Jaime Garzón y Alexandra Montoya. Volvió a la televisión en el Noticiero AM PM, donde estuvo durante casi cuatro años y conoció a su esposa, Patricia, quien había sido su compañera de universidad. Fue un noviazgo fugaz, en menos de un año se casaron y tuvieron como padrino de matrimonio a Francisco Santos. Fue presentador en el Noticiero Nacional durante un año, un rol que nunca le gustó; estuvo en RCN televisión y luego en El Espectador, donde fundó la sección de paz del diario.

Por la situación que vivía el país fue amenazado por los paramilitares. Se había ganado la beca Castaño, la manera como se le decía a las amenazas provenientes del paramilitar Carlos Castaño. Llegó a España con su esposa y allí nació su primera hija, Daniela. Regresó al país a finales de 2001 con la idea de hacer su propio espacio y su propio nombre. En 2003, el Programa Andino para la Democracia y los Derechos Humanos abrió una convocatoria con la intención de patrocinar un espacio en la televisión que promocionara una cultura en derechos humanos. Morris le ganó la convocatoria a Alonso Salazar, actual alcalde de Medellín, y al director de cine Carlos Gaviria.

El primer programa salió al aire el 20 de julio de 2003 y el tema era un análisis y debate del proceso de paz con los paramilitares. Ese día nació Contravía. En sus más de doscientas emisiones sólo ha tenido una pauta publicitaria. En ocasiones, su financiación ha sido por la Unión Europea, la embajada holandesa y británica, el Open Society Institute y la Fundación Soros. A pesar de las épocas que ha estado fuera del aire por la falta de dinero para producirlo, los premios no han dado espera. A la serie se le ha otorgado el Premio India Catalina, el Simón Bolívar, el que otorga el CPB (Círculo de periodistas de Bogotá) y el de la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano, que recibió de manos de García Márquez.

Su enfoque periodístico lo llevó a convertirse durante la era Uribe en un periodista señalado y cuestionado. Su trabajo fue el blanco de críticas, deslegitimación y persecuciones ideológicas por parte del Estado colombiano. La principal intención fue la pérdida de credibilidad. En 2004, su esposa fue amenazada durante su embarazo y Morris fue retenido en un buque de la Armada en el Putumayo mientras hacía una investigación. Un año más tarde, en la puerta de su casa recibió una corona fúnebre. En 2009 salió a la luz pública la información que mostraba que el periodista estaba en medio de una campaña del DAS para desacreditar su trabajo. La intención era relacionarlo con las Farc. Para esos días, Uribe arremetió contra él y lo calificó como un “cómplice del terrorismo”, que fingía de periodista. Fue así como denunció al Estado colombiano por persecución ante la Comisión Interamericana de Derechos Humanos.

En 2010 llegó la noticia de la beca de la fundación Nieman a periodistas. En julio le notificaron que la petición sobre su visa no fue admitida. Sin embargo, los medios de comunicación, ONG’s, Human Rights Watch y organizaciones de periodistas incrementaron sus manifestaciones en contra de la decisión. Para Morris fue el año de la solidaridad. Gracias a muchas voces el gobierno estadounidense se retractó en menos de treinta días.

El 21 de agosto de 2010 llegó junto a su familia a Harvard para iniciar sus estudios. Vivieron durante los ocho primeros días en una casa de estudiantes, durmieron en un cuarto pequeño con dos camarotes y compartieron cada comida con el equipo de rugby de la universidad en un comedor que, según Felipe, su hijo de seis años, parece sacado de las películas de Harry Potter. Desde ese día la vida de Hollman Morris ha cambiado. Olvidó las amenazas, las “chuzadas” y la cotidianidad en medio de la inseguridad.

Su felicidad se resume en la tranquilidad de su familia, en una buena charla con sus amigos, en una cerveza o en un perro caliente. Su etiqueta de periodista pasó a un segundo plano. Hoy es el estudiante que monta bicicleta y ve clases de música clásica y derechos humanos, el papá que se levanta todas las mañanas a sacar al paradero del bus escolar a sus hijos Daniela y Felipe, y que lee con ellos la biografía de Martin Luther King Jr; es el esposo de Patricia, la mujer con la que comparte desde hace doce años su vida y una pulsera con un dije de dos enamorados que siempre lleva en su mano izquierda.

Morris cambió la denuncia por el silencio y la reflexión por un tiempo, mientras recupera la paz familiar, tantas veces amenazada por la zozobra que nace de la terquedad, de persistir y mostrar con sus reportajes un país distinto, el de excluidos, el de la inequidad, donde están muchas de las raíces de un conflicto que sueña ver concluido algún día. Para ese momento aspira estar de regreso en Bogotá, retomar la cámara y el micrófono, y ver a sus hijos creer en un país diferente al que lo tocó a él.

Fuente: Kien & Ke

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