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  • Redacción Contravía

En contravía del silencio.

Actualizado: 11 de dic de 2019

CRÓNICA

Daneisi Julied Rubio Rosero


Bajo un sol implacable de sábado, sigo a 20 muchachos por las calles del municipio de Chaparral con los ojos muy atentos. El andén en que avanzamos está lleno de voces inquietas que no se diluyen ante el bullicio de fin de semana que acompaña el recorrido. La música de los locales, la polvareda de las calles y los pasos constantes de mis jóvenes acompañantes, anteceden el comienzo de un nuevo capítulo en la historia del sur del Tolima. Cada uno se ocupa de alistar su equipamiento: un teléfono celular, un trípode y un micrófono de solapa. Procuran que todo esté en óptimas condiciones previo a elegir un destino. Una vez listas las herramientas y organizados en dúos, discuten qué hacer con el reto que el periodista Julián Martínez, docente invitado esta semana al taller de Reportería rural para la paz 2.0, les ha propuesto: “Tienen una hora. Háganse de a dos, consigan una noticia y me la traen filmada con el celular”.


Vamos juntos hasta el primer cruce, pero una vez allí, las parejas se dispersan. Algunos van a la alcaldía, otros a buscar a los transportadores, el hospital o las tiendas cercanas, a ver qué tienen para contar los habitantes del municipio. Pronto comienzo a notar que no es la primera vez que lo hacen. Muchos de ellos tienen claro a dónde ir y con quien hablar, sin embargo, es evidente que cada vez que salen a la calle a conseguir noticias el desafío es completamente nuevo.


Al voltear la segunda esquina, por azar, elijo quedarme con tres de ellos: Neifer Molano, Ceidy Gonzalez y Sergio Dussán, quienes deciden que la noticia debe estar en la Plaza de mercado. Antes de llegar a su destino, hacen pausas para hablar con los comerciantes y asegurarse de que la plaza es el lugar correcto. De hecho, lo es. Hablando con una de las vendedoras, se enteran que hace más de cuatro años que la alcaldía y entes del gobierno les prometieron a los campesinos la renovación de las instalaciones de la plaza y aún no ha culminado el proceso. Entonces, en medio de pasillos llenos de tierra y murmullos que emulan una sola voz, los tres reporteros comienzan la primera entrevista a un vendedor entrado en años cuya vida ha trascurrido en las hileras de frutas y hortalizas de la plaza. Fácilmente, me sorprendo ante la desenvoltura de mis colegas. Los observo con admiración mientras corren de un lugar a otro buscando fuentes y filmado escenas de apoyo para acompañar la noticia.


“Son periodistas”, escucho decir a algunos comerciantes, “Qué va, eso son dizque YouTubers” dice alguno, en medio de la multitud, que cree que están muy jóvenes para ejercer el oficio. Si no lo supiera, también pensaría que es mentira que la mayoría llevan a penas seis meses aprendiendo a hacer periodismo.

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Reporteros entrevistando a los comerciantes en Chaparral.

En días anteriores, Juan Pablo Morris, director de Contravía, me había comentado los detalles técnicos del proyecto. Sabía que, ante la necesidad de aumentar los medios locales en los territorios silenciados por las balas, él se había propuesto diseñar un proyecto que pudiera replicarse en todas las regiones distantes de “la otra Colombia”, como le gusta decir para hacer referencia a ese conjunto de territorios de nadie sobre los cuales, a nosotros, la gente de ciudad, no nos llega nada.


En una ocasión me contó que, con el programa de televisión, el equipo periodístico de Contravía había sido testigo de la violencia cometida en contra de los medios rurales: “Los periodistas de región eran los primeros en llegar a la escena, pero también eran los primeros en ser amenazados por esa labor, de parte de cualquiera de los actores que querían cortar las comunicaciones”. Tal vez por eso, estaba ansiosa por conocer a los nuevos reporteros que habían aceptado el reto de informar en la ruralidad.


También supe por él, que llevar a cabo el proyecto no fue una tarea sencilla. Muchos días de mediados del 2018 se le pasaron a Juan Pablo delante del computador, investigando, leyendo, haciendo llamadas y planeando el desarrollo de lo que sería Reporteros Rurales para la Paz 2.0. Ya se había subido antes en el bus de la comunicación digital con el canal en YouTube de Contravía. La sorpresa del alcance de las nuevas tecnologías se le pasó por los ojos un día que, como un experimento, hicieron una transmisión en VIVO con Hollman Morris, que llegó a más de 2.000 personas. A partir de ahí, lo persiguió la idea de que los reporteros de lugares distantes del país pudieran hacer lo mismo. “El mundo ahora es digital”, me dijo, “con las nuevas tecnologías cualquiera que tenga intención de informar, puede hacerlo, y no necesita el equipo más sofisticado”.


Por eso, imaginó que además de instruir a los jóvenes en técnicas de reportera y producción audiovisual, podría entregarles celulares, trípodes, micrófonos y computadores, para que una vez terminada la capacitación, tuvieran los equipos necesarios para ser reporteros digitales. A su vez, pensó que la duración del proyecto debía ser de un año, repartido en varias sesiones de 5 días al mes, en que los muchachos llevaran a las calles lo que aprendían en el aula. Era un proyecto ambicioso, sin lugar a dudas, pero lo suficientemente efectivo para convencer al Fondo Multidonante para el Sostenimiento de la Paz en Colombia, de financiar la iniciativa.


El paso siguiente, según relató Morris, fue conseguir una alianza con Agencia Prensa Rural, para apoyarse en su experiencia en el territorio, y arrancar la convocatoria que traería a los nuevos reporteros rurales del sur del Tolima. Desde luego, poco a poco fueron llegando, más diversos y apasionados de lo que cualquiera imaginaba.



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Una vez en Chaparral, fui testigo de la importancia de lo que estaba viviendo el sur del Tolima con los jóvenes reporteros. Por años, el fuego cruzado entre guerrillas y militares, producto de la guerra que se libraba en el departamento, enterró a gran parte de los municipios en un agujero más terrible que cualquier hoyo en un panteón: el silencio. Durante el conflicto, no había medio, periodista o vocero, dispuesto a contar los vejámenes de la guerra, que saliera bien librado de las tomas guerrilleras o las operaciones militares.

Desde siempre, los medios de comunicación locales fueron los primeros perdedores de la guerra, y con ellos también perdieron la palabra los habitantes de los municipios. El proceso fue un silencio estratégico que con los años comenzó a desaparecer del mapa informativo a regiones enteras, de las que solo se sabía algo en los momentos más crudos de la guerra. Recordé, entonces, que Juan Pablo me soltó una frase en unas de nuestras conversaciones: “Colombia es un país de capitales felices y ruralidades tristes”, y pensé que ahora, frente a la presencia de estos 20 jóvenes dispuestos a contar el territorio con todos sus matices, renacía la esperanza.


“Antes del acuerdo de paz uno veía el sur del Tolima en los noticieros por un hostigamiento, por una granada, una bomba, porque taparon una vía. Esa era la única forma para que nuestro territorio se visibilizara en los medios nacionales. A partir de los Reporteros Rurales para la Paz y de los medios digitales, la idea no es solo crear un medio en el que nos comuniquemos entre nosotros, más bien es salir a mostrarle a Colombia que es lo que está pasando aquí y todas las potencialidades que tiene este territorio”, me comentó Edwin Moreno, uno de los jóvenes reporteros que lidera, también, una radio comunitaria que se llama Rioblanco Estéreo.


De derecha a izquierda: Gina Güejia y Paola Perdomo

Hay en el grupo otros que no están tan familiarizados con el medio, lo cual hace más interesante el ejercicio. Por ejemplo, está Gina Liceth Güejia, una joven nasa líder del Resguardo Indígena Las Mercedes que es técnica agropecuaria y lidera un grupo de 30 mujeres tejedoras que pertenecen a una iniciativa productiva importante del resguardo. La primera vez que me fijé en ella me dijeron que venía de lejos, de un resguardo nasa del Cauca y ahora vivía en Rioblanco. Cuando hablé con ella, casi al último día, descubrí que ama profundamente su raíz, aunque a veces se siente una flor trasplantada, porque ya no está donde nació. No obstante, es una joven poderosa y cuenta con orgullo como les enseña a los jóvenes del resguardo a manejar los mismos programas que ella. Al final de nuestra primera charla, con mucho orgullo, me contó como recientemente usó lo aprendido en el taller para hacer pública una denuncia.


“El gran problema que tenemos es que somos muy pequeños, 57 familias y como tal en Rioblanco nadie da razón del resguardo. Las entidades no nos dan importancia. Hace poco el gobernador del departamento llegó (al municipio) e hizo una reunión. No nos invitaron, pero yo estuve, subí una nota como quejándome del asunto y días después nos llamaron a pedirnos disculpas y dijeron ¡ahorita los vamos a tener en cuenta!”.


No obstante, aunque uno pudiera pensar que los inconvenientes para estos jóvenes reporteros han desaparecido, la verdad es que algunos todavía no duermen tranquilos. Otra joven que conocí en el taller, cuyo nombre me pidió no mencionar en esta crónica, nos contó a todos, en medio de la clase del periodista Iván Cruz, que a ella y a su comunidad las tienen amenazadas por hacer pedagogía de paz en el territorio. Esa misma tarde, con más calma, me confesó que tiene un pasado en las filas de las Farc y es ese el motivo de los hostigamientos en contra de su familia. También me dijo que a veces no quiere seguir y prefiere irse lejos, donde su identidad sea igual de ordinaria a la de cualquier colombiano, pero antes de emprender cualquier intento de huida, piensa en las mujeres que han creído en ella, en las iniciativas de paz que construye en el territorio y entonces decide continuar, como una forma de empatar con la vida.


“Lo interesante es que puedo ayudar a la asociación de mujeres del ETCR, mostrándole a la sociedad el proceso de reincorporación que estamos llevando, para que la gente se dé cuenta que como organización estamos cumpliendo”.


Reporteros en la Plaza de Mercado de Chaparral.

Días más tarde, en Bogotá, pienso en su camino y en el dolor que ha trenzado los días de todos los presentes en el taller y los de sus antepasados. Recuerdo ver en ellos, crecer como una llama, la necesidad de contar la verdad y aplaudo su compromiso. Están consumidos por la pasión de regresarle la palabra a un pueblo sin voz y por eso, entiendo que no pueden ser otros los que asuman la tarea, tienen que ser ellos, libres, fuertes, independientes, los responsables de gritar más fuerte y plantar en esa tierra, manchada por la guerra, las semillas de la reconciliación, la vida y la paz.


“Creo que lo que se está haciendo en Chaparral es muy importantes y debe replicarse en otras zonas del país, en todas las regiones afectadas por el conflicto”, me dice en Bogotá Ivan Cruz, periodista invitado a uno de los talleres, y estoy de acuerdo. Colombia tiene que saber lo que está pasando fuera de las grandes ciudades, porque solo así, comenzaremos a reconocernos.

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El último día de mi estadía en Chaparral se pasa volando. Colombia se ve distinta, si la miro desde el lente de mis tres amigos. Hay esperanza. Me distraigo un momento observando los rostros de quienes aún discuten si mis colegas son periodistas o no, y pienso en la suerte que tienen quienes, sin saberlo, ahora son testigos del comienzo de un nuevo episodio para el departamento. Cuando terminan su trabajo, salimos de la plaza y el trío regresa con prisa a la casa donde reciben las clases. Van tarde, pero no hay remedio, había que terminar la noticia antes de llegar. En el camino nos juntamos con mi colega fariana y su compañera, que hicieron una nota sobre el problema del transporte en Chaparral. Una vez adentro, comienzan a editar las noticias.


-¿Yo grabo la voz en off? - dice uno.

-Hágale, yo voy organizando las imágenes – Responde otro.


Poco a poco, como una procesión de reporteros en una sala de redacción, van llegando y comienzan a organizar el material. Gina y su compañera Paola llegan juntas y me muestran que en las galerías de sus teléfonos hay fotos, clips y entrevistas completas que tienen que convertir en un vídeo con estructura clara. Edwin llega de últimas y hace lo propio con sus entrevistas. Los minutos se agotan y ante la falta de tiempo Julián Martínez les dice que pueden enviar la noticia después, pero tienen que exponerle a todos lo que averiguaron. Le pregunta a uno por uno y los relatos cazados comienzan a liberarse. Pronto, el tablero en que el periodista anota los temas encontrados, comienza a llenarse y la soltura con que varios de ellos hablan de su investigación nos hace abrir los ojos y exclamar sorpresa. “Aquí hay un potencial enorme”, dice Julián cuando termina la clase. Yo le creo.


Redacción Contravía

Daneisi Rubio

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